¿Cómo descubrir tus creencias limitantes?

Ya sabés que existen las creencias limitantes. Leíste a Bruce Lipton, viste un video, o alguien te las nombró. Y hasta sospechás que algún bloqueo, algún autosabotaje o esa misma escena que repetís hace años, pueden venir de ahí.

El problema es que sentís el bloqueo, pero no sabés exactamente que creencias están generándolo.

Empezá a descubrir de dónde viene.

¿Por qué sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago?

Esta es la pregunta más frecuente y la más frustrante.

La explicación incómoda es que el «saber» y el «hacer» no viven en el mismo lugar. Lo que sabés está en tu mente consciente. Lo que te frena vive en otra parte, más abajo, donde se instalaron de niños un montón de ideas que en su momento no pudiste discutir.

Dicho de otro modo: una parte tuya viene sosteniendo un relato desde hace años, y otra parte quiere desarmarlo. Por eso aparece la pereza, la postergación o ese «ya me voy a poner con eso».

¿Cómo encuentro la creencia que me está frenando?

Sería buenísimo tener un creenciómetro: un aparato que te imprima la lista de tus creencias y listo, te ponés a reprogramar. Pero no existe, así que no queda otra que observarse.

La buena noticia es que las creencias limitantes dejan huellas. Aparecen varias maneras, las dos más evidentes son:

  • Cuando las decís en voz alta. Nadie suelta una sentencia tan redonda si no se la cree. «Ya estoy grande para esto», «el dinero es difícil», «soy un desastre con los nombres». Prestá atención a tus propios refranes también.
  • Cuando las pensás. Más difícil, porque en la maraña de pensamientos se camuflan. Requiere honestidad y tener activado el músculo de la auto observación.

Todo arranca por las maneras más obvias. Y si seguimos explorando, aparecen las más difíciles de detectar, esas que están más escondidas.

¿Cómo cambio una creencia si no sé de dónde viene?

Muchos creen que necesitan encontrar el trauma original o la causa raíz para poder cambiar. Que sin llegar a la escena de los cinco años, no hay nada que hacer. Y no es así.

No hace falta saber de dónde viene una creencia para cambiarla. Saber el origen puede ser interesante, hasta entretenido. Pero no es un requisito. La mente es flexible —tal vez escuchaste la palabra neuroplasticidad— y se puede trabajar sobre la idea que está operando hoy, sin ser un arquéologo de tu infancia.

Esto solo, bien entendido, le saca un peso de encima a un montón de gente que estaba esperando «recordar algo» antes de animarse a moverse.

Una parte de mí quiere cambiar y otra no

Porque la creencia limitante, en su momento, te sirvió para algo. Te protegió, te dio identidad, te mantuvo a salvo. Por eso una parte tuya la defiende aunque hoy te esté costando caro.

Reconocer ese juego interno, en vez de pelearte con vos mismo por «no poder», ya es medio camino recorrido.

¿Y las afirmaciones positivas no alcanzan?

Si probaste repetir frases bonitas frente al espejo y sentiste que «no entran», no estás solo. Repetir una afirmación que el subconsciente no asimila es como pintar sobre una pared con humedad: funciona un rato y vuelve a salir la mancha.

Por eso, entender qué son las creencias es el primer paso. Detectar la creencia es el segundo. Reprogramarla es el tercero. Y este tercer paso necesita algo más que fuerza de voluntad.

Por dónde seguir

Aquí te compartí las dos maneras más evidentes de detectar una creencia. Faltan las otras cuatro, las que están más escondidas y suelen ser las que más pesan.

Esas cuatro maneras, cómo verificar si una creencia está realmente instalada y todas las técnicas para reprogramarlas, lo grabé en una clase de 20 minutos, bien simple y al grano.

Y al final te regalo una plantilla para llevar registro de tus creencias.

20 minutos para pasar de «algo me frena» a «ya sé qué es y qué hacer».

Una última cosa. Al principio observarte puede ser incómodo, hasta podés entrar en negación. Es normal. Pero cuando le encontrás el gustito, la cosa se pone más divertida.

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